5 mar 2021

canción triste

destila la madrugada una sensación de mujer serena

hermosa, entreabierta, se abre a mis disgustos 

como una brecha narcotizada de peligro inminente, 

igual que la  glotonería de un hombre 

frente a unos senos turgentes, 

ansiada de babas y llantos,

esnifa el humo de los coches y sus prisas, 

mujeres con acento siberiano

con la risteza pintada en sus rostros,

como un objeto familiar reconocible.


macabra y arlequinesca, 

es justo en este momento cuando la encuentro más bella,

cuando me niega su voluntad,

y se enzarza violenta por el umbral de mis ojos,

como una ausencia clavada en el lagrimal,

un torniquete de nostalgia 

que no llega a desbordarse.



1 dic 2020

 Nuestra devoción por la cultura griega es seguramente una forma de eurocentrismo, la versión clásica del nacionalismo. Ni Pitágoras concibió el teorema que lleva su nombre, ni la escala musical que también lo lleva, ni Platón descubrió los sólidos platónicos, ni los griegos inventaron el alfabeto griego. Todos esos avances esenciales surgieron mucho antes, por lo general entre el Tigris y el Éufrates, la verdadera cuna de la civilización occidental. Lo mismo ocurre con las constelaciones, esas figuras que forman las estrellas y que parecen transmitirnos mensajes mitológicos, que siempre nos hemos empeñado en adjudicar a los griegos, pero que tampoco inventaron ellos. Las tablillas cuneiformes del Éufrates demuestran que casi todas esas constelaciones y mitologías asociadas provenían también de Mesopotamia. La antigua Grecia fue la pionera del espionaje industrial.

Las constelaciones. Llevo media vida luchando para intentar verlas, con resultados frustrantes. Ni veo un león en Leo, ni un toro en Taurus ni un escorpión en Escorpio, no hablemos ya de las osas mayores o menores. Por eso mi favorita es la constelación de Orión. Me basta mirar al cielo cualquier noche, o asomar la cabeza por la ventanilla del coche —no se preocupen, no voy conduciendo— para identificarla allí arriba, con su cinturón de tres estrellas y su espada, sus brazos y piernas desplegados para alivio de torpes como el que suscribe. Hace casi 3.000 años que Homero la mencionó en la Odisea, y sabemos que los egipcios la conocían al menos un milenio antes. Sus estrellas tienen nombres fragorosos como Rigel, Bellatrix, Mintaka o Saiph, que constituyen el cinturón del guerrero mitológico, su torso y sus miembros. Y la más bella de todas ellas, Betelgeuse, bat al-jawza, el hombro del gigante.

Betelgeuse se muere. Es una supergigante roja —su color rojo se puede apreciar a simple vista, pues es una de las estrellas más brillantes del cielo—, y eso quiere decir que ya ha agotado el combustible de hidrógeno que habitaba su núcleo, la hacía brillar y contrarrestaba con su presión centrífuga la atracción gravitatoria entre sus partes. El hombro del gigante colapsó y encendió un nuevo tipo de reacciones nucleares que la expandieron hasta su actual y gigantesco tamaño. Su siguiente paso —su muerte oficial— será estallar como una supernova, un lucero deslumbrante que no solo dominará la noche, sino que seguirá recordándonos a plena luz del día que el cielo ha cambiado para siempre.

Es posible, aunque para nada seguro, que la muerte de Betelgeuse haya empezado ya ante nuestros ojos distraídos con mil cosas de este mundo. Los astrónomos han observado que su brillo se ha mitigado en las últimas semanas, y que está ahora mismo en el nivel más bajo desde que hay registros. Que vaya a estallar pronto como una supernova es solo una de las posibles explicaciones. Otras son su inestabilidad intrínseca, una monstruosa eyección de polvo o, ya puestos a desvariar, una civilización de un planeta betelgeusiano que haya cubierto su estrella de satélites para aprovechar toda su energía moribunda, tapándonos así la vista. Pero, si Betelgeuse estuviera a punto de estallar ante nuestros ojos, lo más perturbador es pensar que llevaría muerta 640 años, pues está a 640 años luz de la Tierra. La noticia se le escapó al primer condestable de Castilla.

- Fuente: El País - 16.01.20


5 jun 2020

Enveses - Javier Velaza -





¿De qué sirve un poema vacío como este?
Susúrralo en la ausencia y verás cuanto duele.
Arrójaselo a un rostro y será un proyectil.
Escríbelo en el mar
y ya no habrá remedio.





Lo sabe bien el cazador:
la fiera es solo fiera cuando tiene miedo

...

Igual que tú, esta isla está rodeada
de agua por todas partes
y lo ignora

Desconoce, como tú, esta isla su distancia a otra tierra,
si es océano,
mar interior,
o lago quien la baña,
cuál es su altura, cuál su plataforma.

Esta isla y tú, ajenas a horizontes,
creéis que todo es isla, que las naves
no vienen de otro puerto,
que derivan desde la creación hasta encontraros.
Que zarpan después hacia otra nada

Las horas os circundan,de tan islas.
El agua saborea vuestro perímetro,
os ensancha, os achica la marea,
y una endemia de albatros os corona

Mas nada es isla, todo es archipiélago:
esta isla y tú,
cuando se seque el mar,
seréis montañas.


























Aunque la noche no hizo testamento
somos sus herederos naturales.

Buenos días¡ Salud al frío y a la risa,
al sexo, al suero, al hambre, al hospital,
a la fiesta,a las guerras, al piano, a la distancia,
los libros, la mar, a ti, escalofrío,
salud a la memoria perdida de los árboles.

Aquí nos presentamos, otra vez casi todos,
solo faltan aquellos que devoró la aurora
y otros que aún permanecen colgados de sus flecos.












Yo soy el hombre que rasgó las velas
y se hizo un vestido para amarte













En el verso anterior late el prodigio
Tú y yo estamos escritos en el verso siguiente

...

Cada día nos vamos de quien fuimos ayer.

...





El tiempo es un lugar que no transcurre,
el lugar es un tiempo sin localización.
Nuestro destino habita en esa confluencia:
ni podemos dejar de ser lo que no fuimos,
ni comenzar a ser lo que nunca seremos.




...

Esta ciudad es agua.
Los edificios llueven en plazas sumergidas
y sus calles diluvian

El sol es una gota.

De las ventanas manan hombres líquidos,
fluyen después
y desemboca cada uno en su océano.

Esta ciudad es agua
¿quién sabrá si alguien llora?

...

Tú viniste vacía como una copa nueva.

Desnuda tú llegabas. Yo te vestí de vino,
porque quise catar sobre ti la cosecha
de mi tierra baldía. En cada poro tuyo,
en cada recoveco, la cantidad exacta vertí sin derramar una gota.
A la vista fuiste entonces cereza irisada de sangre,
un tornasol de púrpuras con ribete grosella,
orgía de granates.
En nariz, confitura,
regaliz,
alcanfores me trajeron memoria de maderas de infancia.

Mi lengua buscó luego el ataque primero,
intenso, estructurado,
un largo retrogusto con notas minerales,
directamente amargo para el final de boca.

Te bebía al principio con libación minúscula,
pero fui después sorbo que te paladeaba,
y al fin
trago sin tasa ni piedad ni vergüenza,
ávida bocanada de borracho de esquina.

No temo hacerme adicto al vino de tu cuerpo
ni agotar embriagado tu secreta bodega,
porque siempre he sabido que es abstemio el demonio
y que nosotros somos la resaca de un dios.



Una ventana es solo la tregua de un muro.