30 ago. 2016

Verónica Durán González

No están lejos del mar quienes tienen la posibilidad de adentrarse en el bosque o de contar en casa con la presencia de un jardín crecido: algún pellizco de verde y poesía salvaje custodiado por un grupo mínimo de árboles sin podar. Y algunas plantas silvestres que danzan entre corrientes de aire, como grupos de pequeños peces saltando de aquí para allá: lenguas de siete nervios, ortigas, dientes de león esponjan la tierra donde flotan las raíces que nos hermanan.
Y después la escucha: ¿acaso el viento no hace hablar a los árboles en un idioma parecido al oleaje? ¿No es silencio marino esa quietud que nos regresa?
¿No reviste el liquen de coral la piel anciana de algunas cortezas? ¿y cómo explicar la electricidad en las manos después del tacto cetáceo de ciertas setas?
Simas de musgo agrietan la superficie de los troncos yertos. El abismo hace hueco también aquí para suavizar la muerte.
- Verónica Durán González -

Instrucciones de uso - Javier Velaza -

Si acaso te agrediera
la espuma injusta de un mar domesticado,
revienta de mareas,
no te dejes,
no cejes,
inmersiona de la resaca infame de esa tarde.

Recupérate,
y grita,
grítate los naufrágios a que sobreviviste,
dile al agua,
que el agua
no fue nunca elemento sustancial de tu régimen.
Escupe al mar,
y límpiate los labios con el gárfio
de irredento corsario de la vida.
- Javier Velaza -

La extraña desaparición de Jódorov Talóv - Billy McGregor -

El seis de diciembre de 1935 Jódoroh Talóv entró al cuarto de baño de su casa y nunca más salió.
No había ventanas.
Y no crean lo que dicen los periódicos. La verdadera historia de Jódoroh Talóv, ocurrió como sigue a continuación:
Jódoroh Talóv abrió la llave del grifo, plegó su cuerpo en doce triángulos equiláteros y se puso a flotar en la bañera. Luego quitó el tapón, y en pocos segundos, navegaba cañería abajo, hacia un mundo mejor, su verdadero, y único sueño.
Cruzó Alabama a cuatro metros bajo el suelo, y en Tuscaloosa, un sistema de aspersión lo escupió a la superficie, donde una vez seco, volvió a doblarse nuevamente hasta convertirse en una pajarita de papel que se elevó sobre la faz de la tierra, y antes de abandonar la atmósfera, explosionó cayendo en forma de confeti sobre toda la humanidad.
Aún hay algo de Jódoroh en todos nosotros desde entonces.
Cuando pides un café y te ponen una porquería y tú dices “gracias” y te lo tomas y te sienta como una patada en los cojones pero te lo tomas y sonríes, eres Jódoroh.
Cuando quieres decirle a la cajera del súper que te importa una mierda que tenga un niño con el síndrome de Down, que llevas diez minutos en la cola, y no dices nada. Cuando te quedas mirando un bebé que te observa fijamente en el semáforo desde su carrito y luego miras a su madre y piensas: “Está buenísima, me la follaría”, y automáticamente después piensas: “No, joder, tiene una sonrisa preciosa”. Cuando te acuerdas de los pájaros, cuando miras al Mar, al horizonte, a los ojos de tu novia, sin que te importe que alguien esté viendo como te estremeces, cuando te llevas a la boca un cigarro del revés y te quemas los labios y alguien que te ama está allí para decirte lo estúpido que eres, pero te llena la boca de saliva y te dice sana sana culito de rana si no sana hoy sanará mañana, y te da un beso y tú, tú no sabes si aquello es el cielo o qué, y dejas de cagarte en todo, y la abrazas, y le dices que la quieres, y que ahora te vas a cortar cuatro dedos para que nunca deje de abrazarte así. Cuando todo continua orbitando a tu alrededor sobre su eje, eres Jódoroh.
Y si no te importa que te amen mujeres estrábicas, feas, cojas, gordas, eres Jódoroh, y si te quedas parado mirando las cosas que hay tiradas por el suelo y te descubres agachándote a ver que pone en ese papelito- “Bah, una lista de la compra” -, a ver si es una carta de amor, o una despedida, o un mensaje divino que diga “Dobla la esquina, y serás feliz”, y cierras los ojos y la doblas y no pasa nada, pero casi has sido feliz, cuando perdonas a la gente que te hizo mucho daño, aunque sólo sea porque has pasado los setenta, eres Jódoroh.
Y si acaso no has entendido nada sobre Jódoroh, tal vez sea porque no estabas allí el día que llovió confeti de los cielos. No importa. Fue hermoso. Lo más hermoso que he visto jamás hacer a alguien.
En cualquier caso, paga tus deudas, cómprate un coche mejor y más grande, el más grande, cosas que no necesites, divide, divide siempre y vencerás, y haz infelices a muchas personas, sin que se note, jódelo todo, ya sabes, eres el rey del universo, la vida es dura, sí, que se jodan, al fin y al cabo, Jódoroh, sólo era un idiota.

De muertes - Javier Vayá -

De fango
se volvieron las lágrimas
que pudrieron los ojos
de tanto ser lágrima.
Nunca fue tu culpa
no alejar lo suficiente tu risa de mi infierno.
Si no te conociera pensaría mal
que has aguardado agazapada la presa de mi alegría.
Entonces no te importaba.
Querer no es poder, es creer.
Y nosotros que no pudimos nunca tuvimos fe.
Hasta los santos la pierden
cuando las diosas abren las piernas del silencio.
Y mira en eso tampoco te miento;
yo ni siquiera fui nunca uno de ellos.
Pero sabes que te amé como un ateo sus convicciones.
Resulta irónicamente curioso
que las únicas palabras tuyas que podían salvarme
durante ese millón de veces en que he muerto
te brotaran a destiempo y con vocación de guadaña.
Quien iba a decírnoslo;
tú tan herida
yo tan de muerte.

días azules - Iván Rojo -

Aquellos días
emergen a mi memoria
como náufragos ya azules.

Flotan al sol
un rato en mi superficie
y desaparecen con la marea.
Con la cerveza,
con la ley de la inercia,
con un movimiento de cabeza.
Pero uno de ellos
-supongo que sabes cuál-,
el día más memorable,
sigue hundido en mi fondo.
A salvo.
Protegido por la calma
de un mundo intransitable.
Es el Titanic.
Es el Wilhelm Gustloff.
Un transatlántico majestuoso.
Algo que la deriva
no podrá hacer pedazos
contra los acantilados del tiempo.

estados de desánimo - Julia Roig -


así de puntillas, alcanzo el cielo, con la yema de los dedos, dulce y pérfido cosquilleo,
lo rasgo, lo atrapo, como papel de flores que nos decora la nada, nuestro techo.
no es inútil rescatarse,
me repito a mí misma como un mantra,
yo lo intento,
cuando irrumpe la tormenta de claroscuros cargada de húmeda electricidad
y el desorden cava túneles en la roca viva de nuestro cerebro,
yo me busco, me rastreo,
trato de reconocerme en mitad del naufragio,
salvarme,
cuando aún me queda aliento
y cuando me alcanzo,
me someto,
me obligo, me ordeno,
y entonces, de nuevo, me pierdo
y el rencor como una manta mojada de invierno que nos envuelve y vuelve ateridos e injustos,
en lo profundo, donde nos pesan las anclas que nos nacieron dentro,
cuando muerde ahí la sinrazón.
y eres un tren que corta la noche, me cruzas veloz como un cuchillo lleno de pánico y se inclina el día,
la tarde y la violenta melodía de los sueños que derramamos con toda la intención,
sobre la mesa, sobre el suelo, sobre el colchón.
y en esta amalgama de intuiciones silentes que nos va moldeando
al antojo y semejanza del egoísmo más espantoso,
ya no me reconozco
y rompo el pacto leonino que me ofrecía la vida,
y me desamparo
y me desconsuelo
y me abandono
porque no me valgo ni me tengo clemencia
y me ensaño con el pasado
mientras intento traducir el rictus de mi rostro,
el no brillo de mis ojos,
el nudo de mi estómago,
y el desastre del rastro de mi presente.
(que debo amaestrar esta ansiedad
me gritan mis venas
y hacer de ella sacrilegio
o hallar la causa que me pierde
y salvarme a tiempo
o ser simplemente una hembra más extraviada entre tanto viento).

las playas de diciembre - Javier Vayá -

Mira las playas de diciembre
puedes aprender mucho de ellas
del olvido de su plateada indolencia
de sus olas condenadas a lamer la arena
un día tras otro y otro más
de la luz sucia reflejada en cobalto
de las rocas que seguirán ahí
cuando los turistas no sean ni memoria
la naturaleza es sabia y fiera y permanece
mira las playas de diciembre
qué son esas aves negras silenciosas
enormes como augurios de viejas
como si las gaviotas hubieran abandonado
su disfraz de blanca pureza estival
mira cómo planean hambrientas el agua
la facilidad en cobrarse alguna pieza
igual que a ti te pasará cualquier día
si se te ocurre asomar la cabeza a la superficie
si intentas vislumbrar qué hay más allá del fondo
alguien te devorará de inmediato
mira las playas en diciembre
puedes escuchar alguna verdad importante
si atiendes a su sordo rumor de carcajada
ante nuestra condición efímera y fugaz
de marionetas tiradas por hilos tan débiles
como las algas que vienen a morir a esta orilla.
- Javier Vayá -

En ruta - Julio Santamaría -


Paseo con la intención
de trazar un mapa de los días
y los hechos,
empresa que requiere
la búsqueda de las exactas palabras
perdidas en un cosmos
de cemento, cristal y cielo,
un febril caos habitado por aquellos que no se saben
experimento y ensayo
de la complejidad humana.
A esta realidad sólida y vertical otorgamos nombre:
ciudad,
para así dotarla de dignidad etimológica
y hacer de ella material de relato.
Transito
entre la vanidad y la impotencia,
estados que rigen el deseo de aprensión
de todo un mundo.
Robo vidas de otros
escritas en tipografías múltiples
con el deseo de componer un canon único y asequible
al que rendir tributo y del que hacer uso,
pero rozo el fracaso por lo infinito del objeto.
Busco
dominar las ausencias a través de las palabras
domesticar los recuerdos,
persigo la conquista de ruinas circulares,
de borgianos laberintos donde depositar
las experiencias y así conjurar demonios.
Con juegos literarios
construyo refugios
para codificar un universo naciente.
Este caminar incierto cargado de intenciones
se convierte en un bunker y a la vez en escenario
donde la actuación,
la representación del alter ego
oculta mi yo más que nunca.
Y anoto cada respiro,
filmo cada gesto y cada abrazo
que irrumpen en mi camino.
Deambular es el verbo destinado a
ser conjugado permanentemente.
Desde la ventana de un café
cada historia que se yergue
al otro lado del cristal es única
y común.
Cada extraño es ya personaje
de toda una multiplicidad de géneros.
no sabiéndose pieza clave
del drama o la comedia.
Los cláxones,
las luces de los semáforos,
los neones,
conforman el contexto
aprendido y asimilado como propio
en el día a día,
la repetición constante
a la espera del hecho inesperado,
allí donde el argumento cambia.
En un intento de herir al calendario,
sabiéndome autor de los destinos,
lo despojo de su esencia.
Tratando de frenar el discurrir de estaciones
me aferro a una primavera sentimental
esquiva de rigores invernales.
Son estos versos de vida y muerte
del poeta del desierto
los que convierten en infinitas
estas horas,
en extremadamente fugaces
estos días.
- Julio Santamaría -

Covadonga - Marcos Matacana Martín -

.
la tristeza no solo es un estado
y hoy he pensado en ti y en tus palabras
bebiendo como siempre hecho una mierda
y ya no sé vivir de otra manera
.
eres un triste fueron textüales
después de haber tenido que aguantar
el rollo y las disculpas las de siempre
lo tengo que pensar te pido tiempo
podemos ser amigos cuántas veces
habré tenido luego que escucharlo
.
y el tiempo ha ido pasando y a saber
qué ha sido de tu vida y ni siquiera
sé ahora dónde vives si en Madrid
o si volviste a Oviedo con tus padres
.
a mí me daba igual lo reconozco
que fueras una niña de papá
tan pija y caprichosa tan creída
y esa es la verdad insoportable
.
entonces yo también era un niñato
un cerdo una basura un egoísta
me temo que tal vez lo siga siendo
habiendo ya pasado los cuarenta
.
pero recuerdo que llegaste a clase
un día con el curso ya empezado
un rubio sol en medio del invierno
me llamo Covadonga Arias Fanjul
ahí puedes sentarte junto a Marcos
.
y aunque te parecías más a Clara
tan rubia y alta y blanca tan azules
tus ojos como un cielo en primavera
yo quise imaginarte como a Heidi
.
descalza por los prados y montañas
corriendo alegre persiguiendo cabras
y olías como a flores como a hierba
a nubes de tormenta y a mujer
.
absorto en tus dos tetas cuando entraste
yo soy así de simple me conoces
no oí que Don Higinio repetía
Don Marcos salga usted al encerado
.
pero al sentirte cerca me empalmé
el pantalón del chándal sin bolsillos
el bulto que crecía inopinado
en medio de las risas de la clase
.
más tarde en el recreo coincidimos
y me dijiste que eran gilipollas
unos críos aún pero que yo
me había comportado como un hombre
.
nos fuimos a fumar a los servicios
recuerdo la saliva en la boquilla
el humo que endulzaba tus palabras
y cuando fui a besarte aquella gorda
aporreó la puerta y lo dejamos
y no pude dormir aquella noche
.
salimos juntos casi todo un año
pero llegó el verano y te marchaste
y yo como un capullo te escribía
y no me respondiste ni a una carta
.
volvió septiembre y ya no eras la misma
y yo cogí latín tú matemáticas
y un día me dijiste todo aquello
que estabas agobiada y tal y tal
.
en fin que era verdad y soy un triste
borracho todo el día y sin un duro
y que tenías razón pero quizás
tan rubia tan alegre tan perfecta
hubiese preferido una mentira.
- Marcos Matacana Martín -

alma - W. Mouawad -

el humano es un pasillo estrecho. debes atravesarlo si quieres conservar la esperanza de encontrarlo. tienes que avanzar en la oscuridad, olfatear los olores de todos los animales muertos, escuchar sus gritos, el chirriar de los dientes y sus lloros. deberás andar hasta hundir las patas en un lodazal de sangre y remontarlo, remontarlo a lo largo de un hilo de oro que el mismo humano dejó cuando solo era infancia y ninguna teja le sellaba el techo. animal entre los animales, todavía no sufría. el humano es un pasillo y todo humano llora la desaparición de su cielo.
si eres perro lo sabes.
y por eso sientes hacia el humano un afecto infinito.
- W. Mouawad -

Sened - Francisco de Paula Pestaña Parras -

«Estar en casa y decidir que te apetece pasear por la calle Zenete, una de las más antiguas de Granada, del siglo XI, pues hace mucho que no te acercabas a verla. Entonces llegas allí y descubres que se averiaron las farolas, que la calle está a oscuras, apenas iluminada por la luz que sale de las ventanas de las casas, con tramos en total oscuridad. Y te pones la radio en el móvil justo cuando comienza una retransmisión en directo del Requiem desde Barcelona. Y comenzar a caminar escuchándolo, hacerte la calle una y otra vez, bajo estrellas que gracias a la falta de luz puedes contemplar, recorrerla de arriba a abajo, no sabes cuántas veces, cruzándote con sombras a las que ni siquiera distingues, apurando hasta la última nota del Lux Aeterna. Y fliparlo. Y desear explicarle a la gente que no tienes ambición, que no quieres ningún reconocimiento en tu oficio, ni que te publiquen lo que escribes ni nada de eso, que lo único que le pides a la vida son momentos como ese, que quieres ser justo lo que eres en ese momento: apenas nada, un maldito bulto negro, caminando solo por una calle de mil años, que escucha a Mozart bajo las estrellas.

Condena - B. Vargas -

Una amiga íntima
                   Sandra creo
A la que no veo desde hace dos años
                   o era Sonia
Me pregunta por mi madre
Y me la regala  
Intacta en su recuerdo
En el aire tenso entre las dos
Su torpe latido trabado 
En el incómodo silencio

Al responderle las palabras
                        mira Silvia
Me saben a tierra me parece
Que la mato de nuevo
Y que a pesar de que muero
                      otro poco cada vez
Me quedan siglos de desamparo antes
De poder expiar mi involuntaria culpa
Y alcanzar al fin
El imposible descanso
Tras descargar en su regazo
La tormenta muda de mi pena.

de derrotas.

no hay nada más innoble que ser fiel a uno mismo. 
si para el loco el no loco es el que está enfermo, 

cómo podemos entonces ser fieles a todo aquello que mantiene en pie nuestras ruinas? 
defraudarse a uno mismo continuamente 

debería ser obligatorio para no olvidar que en la derrota, 
y sólo en la derrota, 
se nos revela lo que realmente somos : 
un desaliento que no precisa concesiones

Sbarra

sucedieron varias historias pero...
para qué contarlas?
no importa lo acontecido sino las huellas que dejó a su paso. 
basta con observar las marcas para desvelar todas las historias.
y quizá todos llevemos una cicatriz que ocultamos porque nos avergüenza.
esa cicatriz, es el único documento de identidad legítimo.
es el que revela quienes somos.
nosotros no podemos esconderlo, es más, necesitamos mostrarlo y que se nos ame igual.
nos resulta insostenible ocultar nuestras fallas,
nuestra imperfección,
nuestra marca.

Decía mi abuelo - Diego Volianihil -


Los mejores consejos que me han dado
son citas inventadas que puse en boca de mi abuelo.
Mi abuelo decía que lo que no te mata acabará por hacerlo
y que llegado el momento si no lo hace
espera,
estate quieto no te muevas,
acabará ocurriendo.
Mi abuelo decía que las oportunidades no pasan dos veces en la vida,
que no se te escapará ningún tren,
tranquilo,
esta estación está siempre vacía,
no hay trenes
ni hombres con sombrero
ni mujeres que sostienen pañuelos al viento.
Pero siempre estará el bar abierto
sirviendo café bien cargado a los que esperan,
nerviosos,
la oportunidad que nunca llega.
Mi abuelo decía que nunca aprendiese a encajar los golpes,
que el dolor nos hace más duros pero menos fuertes
más quebradizos e indolentes
y que eso
-decía mi abuelo-
era la mayor tragedia del hombre,
y que eso
-decía mi abuelo-
era peor que la peor muerte
porque eso
-decía mi abuelo-
es vivir sin latido y sin nervio,
vivir sin miedo ni hambre,
sin llanto
ni sangre.
Eso,
decía mi abuelo,
es lo que hacen aquellos que temen
la parte de muerte que encierra la vida
y el tipo de vida
que espera la muerte.
- Diego Volianihil -

de bestiarios.

todos los animales reclaman satisfacción.
en el reino de las bestias 

el amor 
se nos revela como una jauría profana que, 
no sólo no teme a las sombras, 
sino que se reconoce en ellas.

una bestia nunca escondería dinero en un libro, 
por es preciso saber cuando debemos resistirnos al hombre 
y cuando ceder a la bestia.

a mis átomos

renunciar a algo no es mala idea:
yo renuncié a mí mismo por insignificante
no sin antes pedir perdón a todos mis átomos 
por haberles ocasionado este trozo de carne
que aroma a humano absoluto
y que percibe la vida de las cosas
sin comprender las cosas de la vida.
otro ser humano del planeta,
otra forma sublime de descontrolarse,
otro arrancado.
disculpad la tristeza,
se os pasará cuando me muera,
entonces podréis embarcaros en la sentenciosidad orgullosa de los dogmatismos,
o tal vez en el conocimiento esotérico de los arcanos,
o en el testículo derecho de cualquier dios bisoño
y convertiros en células extravagantes
de gustos saludables,
y gozar de un mundo ilimitado por descubrir,
y así olvidar que un día fuisteis dueños de todas mis imperfecciones
y quizá,
sólo quizá,
os de por tomar precauciones,
y olvidaros de la angustia admirable,
y decidáis ser comprendidos a olvidados,
prisión y no comuna,
encantadoramente rebaño antes que débil.
mirad,
hijos de perra,
la mente está ahí fuera,
sed lo que queráis,
pero nunca os toméis la vida demasiado en serio.

Vamos a pegarles de tiros a los poetas - Peter Sansom -


no a los buenos ni a los malos
no a los que escriben medido o a los del verso libre,
ni a los poetas concretos o a los del performance,
ni a los escriben sólo sobre poesía y poetas,

no a los confesionales,
a esos ingleses que cantan en americano como los grupos,
ni a los poetas que escriben como si hablaran como si
alguien hubiera hablado así alguna vez,
no a los poetas que escriben sobre qué es
no ser capaz de escribir o poemas de amor
o poemas de sexo o poemas sobre el color
de su opresión o sobre el género
de su opresión o sobre su clase,
no a poetas con palabras
por todos lados y todo en minúsculas,
no a los que no se entienden ni ellos mismos
no a los poetas que son famosos por algo
sea la poesía o lo que son o lo que hacen
además de escribir poemas
no a los poetas a los que nadie hace caso
ni a los expertos en sus propios poemas
que no leen a nadie por miedo a las influencias,
ni a los poetas que están en la academia
y no tienen ni una chispa de nada,
no. Estamos disparándole a los otros poetas.
Ya sabemos, ustedes y yo, quienes son.
A ellos, amigo, vamos a pegarles de tiros.


para que nada te deje a oscuras

no lo negaré,
me enloquece verte pasear con el Pelut por las calles del pueblo.
ver como señoras de seriedades y canas 
apartan sus yorkshire de las impuras rastas de tu perro. 
o cómo les cuesta dominar a los adinerados machos alpinos 
sus ca de bou o sus altivos mastines 
cuando paseas con Otto anquilosado a tus piernas.
qué buen perro es, me dices, 
sin conocer todavía los buenos perros de Baudelaire.

luego esos niños. 
esos especímenes de crueldades futuras 
huyendo al galope de ti mientras les gritas: 
es un perro, no un cocodrilo.
otra niña,
hace tiempo,
ya se hubiera despreocupado de él.
tú te lo llevas a todas partes,
a todas.
- por qué no quieren jugar con nosotros, Otto no muerde.
y es cierto, Otto no muerde,
pero el amor sí.

conversación en un regional camino a la Vall de Núria. - o cómo intentar explicar la gravedad -


- por qué no se caen los que viven debajo de la tierra?
porque llevan chinchetas en las suelas de los zapatos.
- quéeeee, de verdad?

( me pongo serio, pero no me cree )
- todo el rato?

- y cuando duermen?
se atan una pierna a la cama.
( silencio )
- quieres decir cómo las botas de la montaña?

- todo el rato?
sí.
- y cuando van al cole?
también.
-viven en un país?
sí.
- cómo se llama?
gravedad, pero le gusta que le llamen el país de las chinchetas.
- y cuando van a la playa?
se llenan el bañador de piedras para no salir volando.
- pueden volar?
sí.
- en serio pueden volar?
sí.
- y cómo bajan?
igual que cuando buceas.
( ya me cree )
- y luego se clavan con las botas de chinchetas al país, verdad?
sí.
- aquí no puedo volar. me gustaría vivir en el país de las chinchetas para volar. estaría tooodo el tiempo volando.
y yo.

buena suerte

si encuentras uno de cuatro hojas te da buena suerte.
- tú alguna vez encontraste alguno?
no, pero mi primo sí.
- y le dio buena suerte?
supongo que sí.
- qué es lo que tiene de suerte?
bueno, tiene una bonita familia y un buen trabajo.
- pero qué tiene de suerte?
no te entiendo, hija.
que qué cosas tiene de suerte. tu sabes pescar pulpos y me enseñas a pescar pulpos. eso es tener buena suerte.

El valioso tiempo de los maduros - Mario de Andrade -


“Conté mis años y descubrí, que tengo menos
tiempo para vivir de aquí en adelante, que el
que viví hasta ahora…
Me siento como aquel chico que ganó un
paquete de golosinas: las primeras las comió
con agrado, pero, cuando percibió que quedaban
pocas, comenzó a saborearlas profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables,
donde se discuten estatutos, normas, procedimientos
y reglamentos internos, sabiendo que no se va a
lograr nada. Ya no tengo tiempo para soportar
absurdas personas que, a pesar de su edad
cronológica, no han crecido. Ya no tengo tiempo
para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan
egos inflados. No tolero a maniobreros y ventajeros.
Me molestan los envidiosos, que tratan de
desacreditar a los más capaces, para apropiarse
de sus lugares, talentos y logros. Detesto, si soy
testigo, de los defectos que genera la lucha por
un majestuoso cargo. Las personas no discuten
contenidos, apenas los títulos. Mi tiempo es
escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…
Sin muchas golosinas en el paquete…
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír, de sus errores.
Que no se envanezca, con sus triunfos.
Que no se considere electa, antes de hora.
Que no huya, de sus responsabilidades.
Que defienda la dignidad humana y que desee
tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la
pena. Quiero rodearme de gente, que sepa
tocar el corazón de las personas…
Gente a quien los golpes duros de la vida, les
enseñó a crecer con toques suaves en el alma.
Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad
que sólo la madurez puede dar. Pretendo no
desperdiciar parte alguna de las golosinas
que me quedan… Estoy seguro que serán más
exquisitas que las que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz
con mis seres queridos y con mi conciencia.
Espero que la tuya sea la misma, porque de
cualquier manera llegarás…”
Mario de Andrade

porque la muerte también corre en busca de su corazón.

en la herida más común, 
en el temblor de una lágrima bisoña,
en el rorró de los dientes torcidos,
en el roce del tacto cuando el tacto no es roce, sino mordida
en el silencio de los fusilados,
en el grito que escupe la mar cada vez que el pasado te revienta de mareas,
en la esquina de los destruidos,
y en esa horrible forma de sucumbir a la tristeza
cuando en el pueblo suena la marimorena.


allí,
justo allí,
también hay una librería formidable.

lo mismo que el fuego fatuo

para toda la ropa que se me cae 
comida por un mal salario. 
harapienta 
y sin embargo 
zurcida de hermosa cosecha.

pues no sólo crecen vacíos en mis bolsillos; 
también cachorros de chamanes sin refugio.

ay de los vencidos

sentado sobre la inminente ruina de la madurez 
reivindico ante ti mi derecho a no crecer, 
a mostrarme orgulloso de mis diabluras, 
a derramarme a mis anchuras 
sobre estas sombras 

que ya no dan miedo,
que me asisten sin dolor,
porque tuya es la emboscada más inocente de mis huertos y descampados
y elevas el derrumbe de los recuerdos
con el hambre fugaz
de un tirachinas.

No conseguiréis bendecirme - Francisco de Paula Pestaña Parras -

Por entonces él no tendría más de siete años. Cuando todos los caminos le nacían de los pies. Para llegar a la escuela pasaba por delante de la catedral, todavía con escarcha entre los pliegues de sus bellos embustes de piedra. Luego continuaba caminando calle arriba hasta el colegio, allí donde le dio clase la profesora que nunca sintió maestra.
Ella fue la primera persona de la que tuvo miedo. Es decir, un temor ya no ingenuo. De esos entre los de la niñez de monstruos absurdos que acompañan los sueños y los ciertos que se descubren de repente, que sabes que no desaparecerán cuando despiertes y que ni siquiera se molestan en acompañarte sino que con paciencia te esperan.
Era imposible adivinar lo que iba a enfadar a esa mujer. Junto con los otros niños vigilaba sus pasos entre los pupitres mientras explicaba, atento a que no se volviera por algún susurro o que su mesa estuviera bien ordenada. Cualquier cosa bastaba para el pescozón o el guantazo. Si alguien se movía intentando evitarlo lo obligaba a estarse quieto mientras lo repetía, así que era mejor recibirlo resignado. A veces, a los que usaban gafas como él les permitía quitárselas antes, luego supo que para que no preguntaran en casa por unos cristales rotos.
El miedo a los castigos era de lo poco que compartía con el resto de la clase. Desde el primer día se sintió aparte. No le divertían las mismas cosas que a los demás. Así, por ejemplo, cuando el frío empañaba los cristales no escribía como los otros su nombre con el dedo, sino que retiraba el vaho con la mano para seguir mirando a través de él. Si se atrevía a preguntar, lo hacía siempre un poco más de lo necesario y sus compañeros se reían tomándolo por tonto. Él se daba cuenta de ello, pero no sabía cómo explicárselo, decirles que, en una agradable maldición, en realidad le ocurría que lo aprendido le susurraba enseguida nuevas preguntas.
En cuanto a ella, su método de enseñar era sencillo. Lo aprendió durante la posguerra. Era otro tiempo, el dictador se lavaba las manos de sangre con agua bendita santiguándose en las iglesias. Los justos estaban muy claros, también los canallas: eran los hijos de quienes se atrevieron a sobrevivir.
Al fondo del aula había un cajón lleno de cuentos. Arrugados, pintarrajeados, alguno con hojas de menos. Las veces que estaba cansada o simplemente no le apetecía dar la lección, alguien los repartía. Ella se sentaba en su mesa y era cuando más miedo daba. Exigía absoluto silencio. Durante ese rato permanecía ausente, cuchicheando sola, maldiciendo para sus adentros y llenándose la cara de gestos extraños. Tenía mucho que odiar, todo lo que le amaestró un franquismo que a dedo la sentó allí y no permitía que nadie la interrumpiera mientras lo hacía.
Un día al crío le tocó la vieja fábula de Samaniego, la de los ratones que tras planearlo son incapaces de encontrar quien le ponga el cascabel al gato. Era la primera vez que la leía y le entusiasmó. Hacía poco que había aprendido a leer, pero ya estaba perdido. Desde entonces, tendría siempre frío sin papel que lo vistiera, los renglones de los libros dibujarían las líneas de su mano y sólo lo que mintieran los poetas sería cierto.
Al acabar se levantó sin pensar, profundamente embaucado de letras. Caminó hacia el cajón para devolver ése y coger más relatos. Le daba igual dónde estuvieran, vivía ese momento cuando la literatura consigue que la única distancia que de veras queda en el mundo es la que separa a un libro de otro. Al pasar junto a la profesora, le preguntó con extrañeza a dónde iba y él, con la sinceridad de los febriles, respondió:
-Ya lo he terminado.
Ni siquiera esperó a que se quitara las gafas. La bofetada le arrastró la montura arañándole también la cara. Sentía la mejilla arder y latir al mismo tiempo mientras sin entenderlo, aquella mujer, fuera de sí, arremetía contra él. Desfigurada de muecas le aullaba ascos aporreando la mesa; le apedreaba con alaridos y amenazas, agarrándolo hasta casi arrancarle el brazo. Lo arrinconaba apabullándolo y acuchillando el aire con chillidos. Gritaba que la tomaba por imbécil, que era imposible acabar el cuento tan deprisa, que cuántas veces tenía que repetir que no se la molestara… Confuso, intentaba explicarse, decirle que no sabía si había tardado mucho o poco tiempo, pero que era cierto, que lo había terminado y sólo quería seguir leyendo, pero el dolor, los gritos, la confusión le superaban y las palabras se le escondieron.
La situación duró hasta que violentamente le quitó el libro y lo mandó sentar. De vuelta a su silla no levantaba la cabeza, abochornado mientras escuchaba algún comentario conforme que venía de detrás. Pero, poco a poco, cuando los compañeros dejaron de analizar el hecho, le pareció distinguir débilmente la voz de la profesora hablando para sí.
“Es imposible” o “No puede haberlo leído tan pronto”, se decía ojeando las páginas y observando al sinvergüenza en su silla. Tras un rato, ya más tranquila, se dio cuenta de que lo había hecho mal. Era evidente, por supuesto, que el niñato mentía y el castigo había sido justo, pero tal vez hubiera podido sacarle más provecho a la situación. Había perdido los nervios, lo haría mejor de otra manera, le enseñaría a esa pandilla de animales que les convenía no engañarla. Después de todo, el crío era muy pequeño y tal vez aún no fuera tarde. A lo mejor todavía podía enseñarle algo de educación. Conocía el tipo de persona en que, de continuar así, podía convertirse. A veces entraban en la iglesia cuando ella estaba en misa y los observaba con disimulo. No se quedaban allí con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo sino que, sin respeto alguno, miraban hacia arriba entusiasmados. Al rato salían como entraron, sin creer en Dios, pero hablando maravillas del hombre y sus milagros. Pobre gente condenada, sin duda.
Para evitárselo, lo llamó a su mesa diciendo su nombre de la manera más dulce de la que fue capaz.. Él acudió despacio, receloso, sabiendo que no le quedaba más remedio que acercarse de nuevo. Con el estudiante ante ella pidió al resto de sus alumnos que atendieran, prometiéndoles que aprendería algo más útil si prestaban atención. Cuando se aseguró que toda la clase contemplaba la escena, les dijo:
– Niños, quiero que sepáis que cuando os pego no es por gusto sino porque no me dejáis otro remedio. Comprended que muchas veces tengo que enseñaros lo que vuestros padres no quieren o no saben. Fijaos, si no, en lo que acaba de pasar,- y continuó, volviéndose hacia el chaval: – anda, explícanos a tus compañeros y a mí por qué has querido engañarme.
Se le veía agobiado y temiendo otra bronca, a pesar de ello, sin desafíos pero también sin dudarlo, repitió de nuevo que había acabado el cuento. Esta vez ella no perdió la calma, al contrario, esperaba la misma mentira para llevar a cabo lo que había planeado. Sonrió y en voz alta dijo:
– Ahora lo veremos.
Abrió el cuento y comenzó a preguntarle acerca de la historia, que cómo era el gato, qué cuántos eran los ratones y cosas así. Enseguida se dio cuenta de que lo estaba haciendo mal porque el niño contestaba acertadamente. Le pareció normal, le estaba preguntando por el principio, por lo que había leído antes de dejarlo, así que pasó a interrogarle sobre las últimas páginas. Seguía sin equivocarse. No se desesperó, eso sólo significaba que él, como mucha otra gente cuando se aburre, se había saltado el resto para directamente enterarse del final. Fue a la parte central de la historia para allí descubrirlo, pero, inexplicablemente, seguía sin fallar. Mientras tanto, poco a poco, se le iban  acabando las preguntas que hacerle.
Empezaba a ponerse nerviosa, también por su actitud. Si estuviera contestando de forma insolente, podría reprenderlo por su falta de respeto, mandarlo callar y castigarlo, pero no. Contestaba con su habitual timidez, en ocasiones hasta tenía que ordenarle que repitiera una respuesta más alto para poder escucharla. Siempre la correcta. Estaba cada vez más perdida, subía y bajaba la vista del libro al rostro de quien estaba frente a ella sin comprender nada. Buscaba cualquier error y releía los aciertos incapaz de creerlos, incluso había veces que se atropellaba hablando o le repetía alguna cuestión. Los chiquillos al fondo ya empezaban a cuchichear.
De pronto se calló y pareció rendirse. En realidad lo que ocurría es que no sabía qué pensar. Estaba confundida, desorientada, suplicándose una explicación. Dudaba y toda la estupidez de los fanáticos cuando dudan le embadurnaba la cara.
Súbitamente, cuando más apurada estaba y los murmullos eran ya risas disimuladas, dio con la razón. Lo que ocurría era simplemente que aquel insolente era mucho más retorcido de lo que le había supuesto. Sintió un profundo alivio y como le volvía de nuevo esa sonrisa hecha a navaja.
– Está claro lo que pasa. Tienes el mismo cuento en casa, ¿verdad?- Dijo triunfante.
– ¡Claro que no! No lo tengo, lo juro…- Contestaba el muchacho que parecía empeñando en seguir mintiendo.
Era evidente que no sabía hacer otra cosa., pero ya no le importaba. Le había dado una lección, le había enseñado a él y al resto que a ella no había quien la engañara. Satisfecha, le mandó volver a su pupitre con un gesto, aunque reconoció en su interior que en algo sí se había equivocado. Era evidente que, al contrario de lo que pensó, ya se había condenado.
– … Lo juro, no lo había leído antes….- Seguía repitiendo hasta que comprendió que no le escuchaba.
Él, tan joven, aún no lo había descubierto, pero lo que le obligaba a insistir diciendo la verdad, aunque nadie le creyera, era esa convicción de los que saben que no poseen nada más. Por fin acabó resignándose y obedeció el gesto que con la mano le hacía la profesora para que se sentara. La misma mano que durante todo ese rato había estado vigilando temiendo que volviera a golpearle. La misma mano que, tan de cerca, por un instante y aunque sólo él se hubiera dado cuenta, había visto temblar.
Algunos cursos después supo que incluso enseñaba a los pequeños a gritar vítores a Franco. Se lo contó una de las estudiantes que vinieron detrás de él. Era de sus alumnas favoritas y no olvidaba la cara de compasión de ella cuando vio a esa niña junto al canalla que una vez pretendió engañarla.
Pasó el tiempo. Con los años la vida no le enseñó a acertar, pero, maldita sea, ya nadie se equivocaba tan bien como él. Después de que la saliva de esa chiquilla dejara de anegarle las venas, o de esa otra a la que los escritores besaban la frente en los aeropuertos o aquella que de mañana le contó la historia de las cicatrices que serpenteaban su cuerpo… Después de tantas mujeres, tantos bofetones y tantos libros, volvió a ver a su profesora.
Fue un día de enero, visitando la ciudad donde nació. Frente a la casa en la que  había crecido y de la que salía a diario para el colegio lleno de sueño y frío. Estaba allí, casi igual a como la recordaba porque siempre la había sentido vieja, si acaso con una muleta para ayudarse a caminar. Al principió le sorprendió que siguiera viva, cuando incluso algún compañero de aquella clase ya se deshacía tempranamente tras un nombre y dos fechas. Luego recapacitó y se dijo que no era tan extraño pues la gente como ella no viven, se enquistan. Pasan por los años como escorpiones por los caminos. Por fin, cuando mueren lo hacen sin remordimientos, seguros de que obraron bien, arropados de familiares que los lloran y de cabrones con sotana que los bendicen.
No como él. No como nosotros. Los que hemos olvidado las estrofas del Credo, los que nos arrodillamos ante otras Sagradas Formas, los que buscamos confesionarios con letreros de neón. Nosotros nos acabaremos solos, gritándole al crucifijo que levante la cabeza y nos mire, para que nos diga que algo hay eterno, aunque sea el castigo.
Nosotros que merecimos todas sus hostias

12 ago. 2016

olor a balsa.

con el mismo cuidado que se retira la noche
caminar hacia un lugar
para leerme entero y no por capítulos
y lo más importante
dejarme ser leído hasta el imaginario.

alquilar una suave habitación alejada del cielo,
agitada por brazos y molinos,
y mezclarme en el polvo de ese último mechón
que aún destila juventud y olor a balsa.
observar el Mediterráneo,
preguntarme en qué se ha convertido
una lágrima,
una horrible ofrenda,
una columna podrida incapaz de suicidarse.
qué haremos todo el día con la locura de nuestras canciones
si ni sostener la vida podemos,
si acarreamos un parto de imposibles animales que
con estúpida crueldad
pretenden vestirnos el corazón
y el llanto
de quirófanos y sangrías

11 ago. 2016

Un bestiario - Kenneth Rexroth -

GATO
Hay demasiados poemas
sobre gatos. Ten cuidado
de los amantes de los gatos,
tienen una escondida frustración
en algún lado y te la pegarán si pueden.
CIERVOS
Los ciervos son gentiles y graciosos.
Y tienen ojos hermosos.
No hieren a nadie salvo a sí mismos
los machos, y solamente por amor.
Los hombres han inventado varios
miles de métodos para matarlos.
LEÓN
El león es llamado el rey
de las bestias. Hoy en día hay
casi tantos leones
entre rejas como fuera de ellas.
Si te ofrecen una corona, recházala.
BUITRE
Santo Tomás de Aquino pensó
que los buitres eran lesbianas
fertilizadas por el viento.
Si buscas los hechos de la vida,
los intelectuales papistas
Pueden ser de muy poco fiar.
LOBOS
Nunca creas todo lo que se dice.
Los lobos no son tan malos como los corderos.
Yo he sido un lobo toda mi vida,
y tengo dos hermosas hijas
para probarlo, mientras que podría
contarte historias enfermas
de corderos que recibieron su justo merecido.

de los mil andenes - Daniela Tena -

Me he bebido tantos hombres,
que ya no distingo una añada de otra.

No queda un centímetro de mi piel
donde no hayan intentado tatuarme virilidad y hombría.
Y tanto he ido de sexo en sexo,
que me provoca agujetas abrirme de piernas.
No hay respiración a la que no haya encontrado la cadencia y el compás.
He conocido los alientos afrodisíacos y los fétidos
y aprendido distintos rituales de desnudo del alma.
Y tan cansada estoy,
que me asquea el bostezo de las sábanas desordenadas que hieden a vicio.
Mis carnes han padecido numerosos ictus,
desde la muerte dulce,
hasta el desinterés y empalago.
No hay palabra eyaculada que no haya escuchado antes.
Y como ya no me queda ni sed, ni parte pudenda a descubrir,
me he convertido en disidente de la falocracia,
ebria de la reciedumbre,
saturada de tal cantidad de lucha y baile.

Lunes. - Q. Mauriz -


A veces
soy un lunes.
Menguo
perdida en mi entropía.
Me paso la vida pagando deudas
que no recuerdo cuando
ni con quien contraje.
Respondo a lealtades invisibles,
ancestrales,
con huidas épicas
y atrincheramientos mentales.
Soy un lunes,
a ratos,
con un complejo de inferioridad
de dimensiones bíblicas.
Por eso escribo a brochazos por las paredes
de mi diminuto cuarto.
Escribo compulsivamente y
sin sentido
de cualquier manera a modo
de escapismo ritual.
Pensarás que mi ego está
muy por encima de mis posibilidades
intelectuales
pero tengo una tablet
y todo el conocimiento del mundo
en la punta de los dedos. ¡Ah!
[y un montón de likes.
Soy un lunes,
a menudo,
de esos difusos, con regusto
amargo a domingo,
tan disfuncional
como una familia sin televisor.
Por ejemplo,
tecleo siete horas al día cosas
que no me importan
sobre gente que no conozco,
que no veré nunca,
que me odiará siempre
porque no le regalé a su hijo
el puto IPhone 6.
Tecleando siete horas
quizás podría pagarme un alquiler,
podría darme el lujo
de otro cañón en el Rastrel
y aún así me quejo
y es para darme una
o dos manadas de ostias
porque hay gente que no puede comer.
Aún así
es miércoles.
Yo soy lunes otra vez.
Como el resto del mundo,
me odio.
Añoro cuando solía ser un viernes,
[incluso un sábado resacoso,
añoro saberme pérdida e
improductiva,
echada a perder
pero querida
en mi decrepitud ociosa.
Soy hoy
tan lunes:
mi vida me da pereza
las vuestras me dan envidia
la ginebra y los mapas,
nostalgia.
Como lunes, lo habrás notado,
tengo un don:
la autocompasión.
Por favor,
si alguien,
si mi exnovia,
o cualquier otrx,
me está escuchando,
por favor,
hazme viernes,
hazme día de fiesta,
hazme
lo que quieras.

Moby Dick - H. Melville -

Sí, nos pusimos muy despejados, tanto que nuestra posición reclinada empezó a hacerse fatigosa, y poco a poco nos encontramos sentados en la cama, con las mantas bien remetidas alrededor, apoyados contra la cabecera, con las cuatro rodillas encogidas y juntas, y las dos narices inclinadas sobre ellas, como si nuestras rótulas fueran unos calentadores. Nos encontrábamos muy cómodos y a gusto, sobre todo porque fuera hacía tanto frío, incluso, fuera de las mantas, dado que no había fuego en el cuarto. Mas por eso, digo, porque para disfrutar verdaderamente del calor corporal, debe haber alguna pequeña parte nuestra que esté fría, pues no hay cualidad en este mundo que no sea lo que es por mero contraste. Nada existe en sí mismo. Si nos lisonjeamos de que estamos a gusto por entero, y llevamos así mucho tiempo, entonces no podemos decir que estemos ya a gusto. Pero si, como Queequeg y yo en la cama, tenemos la punta de la nariz o la coronilla ligeramente aterida, en fin, entonces claro está que en la sensación general uno se siente caliente del modo más delicioso e inconfundible. Por esta razón, un local para dormir nunca debería estar provisto de fuego, que es una de las incomodidades lujosas de los ricos. Pues la cima de esta suerte de delicia es no tener nada sino las mantas entre uno mismo, con su comodidad, y el frío del aire exterior. Entonces uno yace como la chispa caliente en el corazón de un cristal ártico.

- Mario Santiago Papasquiaro -

el sol y la lluvia se están rompiendo las narices,
y hay hombres que lloran vinagre,
y otros lloran mariposas,
y hay hombres que lloran basuras sin olor,
y otros que lloran árboles de aromas,
edificios con pulmones de sol,
trotacalles que la noche no inmoviliza nunca,
lenguas que también saben ser señales de carretera,
naipes del azar,
microscópicos submarinos.
un terremoto de terciopelo,
una bicicleta de pedales eternos,
desde la que Barcelona - la proletaria-
Barcelona - la marinera -
me filma con unos ojos de delfín
y patadeperro-licuamundos.
Oh derramarse así cuando todos duermen,
sin ojos hondos en la piel,
oh cantar así empastado en las entrañas
de un subterráneo tan oscuro como una oruga,
como un feto,
como un vulvo de sol exaltadísimo.
Te escribo recostado dentro de una lágrima
que no acaba de cantar
ni de romperse.

Gente en la playa. - Joan Margarit -

La mujer aparca el coche en una calle cerca de la arena,
baja y, poco a poco,
saca y despliega una silla de ruedas.
Después agarra al chico,
lo sienta y le coloca bien las piernas,
se aparta el pelo de la cara,
y mientras siente como le hondea la falda,
empuja la silla hacia el mar.
Entra en la playa por el camino de tablones de madera,
pero los tablones
se detienen a unos cuantos metros del agua.
Cerca, el socorrista mira el mar,
la mujer levanta al chico:
lo agarra por debajo de los brazos y
de espaldas al agua,
camina arrastrándolo mientras los pies van dejando
dos surcos tristes en la arena.
Lo ha llevado hasta donde llegan las olas,
lo ha dejado en la arena,
y ahora regresa atrás en busca de la sombrilla y la silla.
Los últimos metros,
siempre faltan los últimos y malditos metros.
Son éstos los que te rompen el corazón.
No hay amor en la arena.
Ni en el sol.
Ni en los tablones de madera, ni en los ojos del socorrista,
ni en el mar.
El amor son estos últimos metros.
Su soledad.

Miguel Hernández

Después del amor, 
la tierra.
Después de la tierra, 
todo.


El vino a solas, la memoria ardiendo - Félix Grande -

Sombra, qué tardes llegar y te vas qué temprano.
Te has sentado en mis sillas perfumando mi pieza.
Llovían mis propios años sobre mi pelo cano.
Discretamente heme revolcado en tristeza.

Sagrada es la inocencia con su olor a verano,
y con su olor a mundo sagrada es la belleza.
Vienen toros de nieve lamiéndome la mano;
y el tiempo, en la ventana aplasta su cabeza.

Delicada catástrofe;desgracia taciturna.
La escasa fe maltrecha que queda, se embadurna
en interrogaciones sin futuro ni afán.

Y me he quedado solo, sin sombra, mortecino,
rebuscando calor en mi aterido vino.
La vida nos engaña, las cosas se nos van.


Sarco Lange

como ese juego
de lápiz y papel
donde se dibuja una horca
y hay que adivinar una palabra
vas pronunciando letras
si le aciertas se pone la letrita donde va
si no, bueno, empieza tu tormento
tu calvario, empieza la puta cuenta regresiva
cada error es un avance hacia la muerte
de niños ya jugábamos a morir
al final te queda una sola opción
para salvarte de acabar ahorcado
sudas, yo sudaba
quería un abecedario de mil letras
y una cuna tibia
donde reposar todas
y cada una de las pérdidas
mis pérdidas
tenía sólo una oportunidad
no la podías desaprovechar
tu vida dependía de un lápiz asesino
igual que ahora
quién mierda le enseña esos juegos a los niños
si de grandes
las horcas son tan reales.


10 ago. 2016

David - P.P. Pasolini -

apoyado en el pozo, pobre joven,
vuelves hacia mí tu cabeza gentil,
con una sonrisa grave en los ojos.

tú eres, David, como un toro en un día de Abril,
que de la mano de un muchacho que ríe,
va dulce a la muerte.

en alguna parte del mundo

en alguna parte del mundo existimos sólo para el mundo,
no pertenecemos a nadie,
ni tan sólo a nosotros mismos.

Wittgenstein escribió que el mundo lo es todo,
que ese es el mejor punto de partida.

uno nunca sabe en que momento un hombre
decide salir en busca de su mundo,
por eso trato de respetar a todo aquel que se cruza en mi camino,
no boxear con canguros,
ni amañar carreras de guepardos.

a fin de cuentas,
nadamos en la misma sopera
que refleja el rostro del hombre a la deriva.


ausencias en la ciudad espantada

he pensado en la multitud de anécdotas que les suceden,
algunas de ellas a diario,
a los poetas de mi generación.
me fascina leerlos porque sus días
son una especie de orgía pasolínica
escrita sobre el filo de la espada de Damocles.
los leo,
cosi fan tutti,
desde el lodo oscuro que me arrastra hacia sus fondos.
a veces
alguno llega
y se clava como ejercito de cosacos ebrios de bayoneta y metralla.

otros nada.

cuando sus ojos vienen a visitarme
no es nuevo
ni mucho
lo que puedo mostrarles
la mayoría de mis días son neutros,
piernas cruzas de marihuana vino y noche,
ausencias en la ciudad espantada,
aliento a soledad amontonada en el pasillo.
tal vez pueda contaros
que el dios de la distancia me defendió del hombre que amaba,
que no escatimé recursos al matarlo,
y que el hombre que aquí traigo
no merece la muerte del poema.

Capitanes intrépidos - Ruidyard Kipling -

por qué sigues cantando?

- porque me gusta

no conozco esa canción.

- yo tampoco acabo de inventármela.

tú no sabes escribir canciones.

-no las escribo me las encuentro en la boca.

si te la acabas de inventar no puede ser buena.

- oye¡, esas son las mejores canciones, cuando te sientes bien por dentro surgen de repente, como los alisios.

las canciones se aprenden, no están dentro de la gente.

- yo a veces tengo una canción tan grande y dulce que no puedo sacarla. entonces miro las estrellas y lloro. me hace sentir bien, tú nunca te sientes así?, no, supongo que no.

ni ninguna otra persona.

- mi padre cuando vivía hacía canciones mejores que las mías.

y qué tipo de canciones cantaba?

-canciones sobre el sol y el mar,sobre las nubes. largas canciones sobre el viento y las tormentas. y también cancioncillas sobre la punta de la nariz de mi madre.
mi padre se sentía bien por dentro.

y todo lo que hacía era cantar?

- mi padre era el mejor pescador de las Islas Maderia y ese es un gran lugar.

bueno...no es mucho.

- cómo que no es mucho?

que no hizo mucho por ti. o sea, que no te dejó nada.

qué no me dejo nada?. me dejó esta zanfona que había heredado de su abuelo. me enseñó a pescar y a navegar en un barco, me dio brazos, piernas y pies que se sienten por fuera y me enseñó a sentirme bien por dentro.
mi padre hizo todo esto y además tenía 17 hijos. qué más debe hacer un padre?


O. Girondo.

a mí,
las teclas que nos tocan hasta el hueso del grito.

calle Entença - Joan Margarit -

La mole de la cárcel tiene rejas oscuras,
buque insignia de las calles de un Ensanche
pobre con el butano en el balcón.

En una guía de cárceles del mundo
debería figurar
- y con alguna estrella -
este siniestro azul del cielo sobre el muro.

Lo que quieren decir cuando los clásicos
hablan de providencia o de destino,
es que cuando el azar remueve nuestras vidas,
no cambia nada,
porque somos formas de algún otro desorden más profundo.

                                              (...)

vivir al fin y al cabo, es buscar un consuelo a través del dolor de las palabras.