30 ago. 2016

Verónica Durán González

No están lejos del mar quienes tienen la posibilidad de adentrarse en el bosque o de contar en casa con la presencia de un jardín crecido: algún pellizco de verde y poesía salvaje custodiado por un grupo mínimo de árboles sin podar. Y algunas plantas silvestres que danzan entre corrientes de aire, como grupos de pequeños peces saltando de aquí para allá: lenguas de siete nervios, ortigas, dientes de león esponjan la tierra donde flotan las raíces que nos hermanan.
Y después la escucha: ¿acaso el viento no hace hablar a los árboles en un idioma parecido al oleaje? ¿No es silencio marino esa quietud que nos regresa?
¿No reviste el liquen de coral la piel anciana de algunas cortezas? ¿y cómo explicar la electricidad en las manos después del tacto cetáceo de ciertas setas?
Simas de musgo agrietan la superficie de los troncos yertos. El abismo hace hueco también aquí para suavizar la muerte.
- Verónica Durán González -

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