30 ago. 2016

De muertes - Javier Vayá -

De fango
se volvieron las lágrimas
que pudrieron los ojos
de tanto ser lágrima.
Nunca fue tu culpa
no alejar lo suficiente tu risa de mi infierno.
Si no te conociera pensaría mal
que has aguardado agazapada la presa de mi alegría.
Entonces no te importaba.
Querer no es poder, es creer.
Y nosotros que no pudimos nunca tuvimos fe.
Hasta los santos la pierden
cuando las diosas abren las piernas del silencio.
Y mira en eso tampoco te miento;
yo ni siquiera fui nunca uno de ellos.
Pero sabes que te amé como un ateo sus convicciones.
Resulta irónicamente curioso
que las únicas palabras tuyas que podían salvarme
durante ese millón de veces en que he muerto
te brotaran a destiempo y con vocación de guadaña.
Quien iba a decírnoslo;
tú tan herida
yo tan de muerte.

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