25 abr 2017

los perdidos

y ahora quién cobijará a los perdidos.
los que crecimos boca abajo para inquietar a los gusanos,
los que como descosidos zíngaros 
vagamos por la herrumbre de las calles más oscuras,
los que encriptados de cartas marinas
escapamos del cepo mortal de la mansa calma,
los que vivimos como antorchas rodeados de distancias.
los perdidos,
los de la piel trémula de candelabros,
los que masticamos hojas de coca del árbol de los océanos 
para asegurar, 
con ojos derruidos de himnos, 
que las ninfas de los pescadores no saben nadar.
los que empuñamos galeras y remos ,
los que acudimos al suicido de los cuerpos
recostados sobre el balcón de la hambruna y el poema.
quién nos prestará un tugurio donde alojar la ausencia y la misera?
a los perdidos,
a los que nos rasgamos la entrepierna violenta,
esa que no consuela
ni repara,
los que embriagados de espuma y lecho
- y con los vientres jadeantes de sol -
esperamos un viento pastoso de Junio
que haga de la carne plato de comida abandonada
donde embarrancar el amor y el naufragio.
los perdidos,
los irremediablemente perdidos,
los que renunciamos a los osarios de Aquíles
los que prendemos barracas y velas
recuerdos de cachorros en las fauces de una loba
ansiada de ternura y sadismo
los que leprosos de insomnio derruimos Saló
y sus120 días de Sodoma,
los que colgamos al dj,
los que perdimos el control,
los que bebimos junto a los hijos de la viruela negra,
los que nunca fuimos nada,
los perdidos,
los que quisimos al hombre silbado de locomotoras
antes que amasado de raíl y catenaria,
los que viajamos de lejos
para purgar la sed de los desgreñados,
de los pulsos insolentes,
del fuego y de la hoguera,
de la aquelárrica danza de las bacterias,
los que ubicados en territorio hostil
y como el volcán
sangramos esquirlas despiertos de perros y hambruna,
mordiendo el sexo de un dios
que osó fusilarnos las fauces y la lucha.



13 oct 2016

en el grito de la presa


el placer y el dolor
ofreciéndose como perra inculta
que muerde la lengua con voraz desenfreno.
un edema sonámbulo,
un hotel ardiendo
con los cimientos adentrándose en lo inestable.

noche de ritual y carne,
noche de estropearse,
de arrancarse el grito de la presa hasta romper el aullido,
de selva indómita y desgarro,
de escisión y fragmento,
cuando el recuerdo
es un cadáver animado a la espera de su sombra.

edificar lluvia bajo el desmoronamiento,
fragmentar la primavera para acallar la ternura del paisaje,
la boca llena de angustia,
el dominio de la sangre.

atravesar la agonía de la aterrorizada garganta,
lanzar los dados y jugar,
-como un descalabro de la historia-
 y que ruede la pena sin remedio.

perder,
y sin embargo,
no conseguir vislumbrarse perdido.


30 ago 2016

Verónica Durán González

No están lejos del mar quienes tienen la posibilidad de adentrarse en el bosque o de contar en casa con la presencia de un jardín crecido: algún pellizco de verde y poesía salvaje custodiado por un grupo mínimo de árboles sin podar. Y algunas plantas silvestres que danzan entre corrientes de aire, como grupos de pequeños peces saltando de aquí para allá: lenguas de siete nervios, ortigas, dientes de león esponjan la tierra donde flotan las raíces que nos hermanan.
Y después la escucha: ¿acaso el viento no hace hablar a los árboles en un idioma parecido al oleaje? ¿No es silencio marino esa quietud que nos regresa?
¿No reviste el liquen de coral la piel anciana de algunas cortezas? ¿y cómo explicar la electricidad en las manos después del tacto cetáceo de ciertas setas?
Simas de musgo agrietan la superficie de los troncos yertos. El abismo hace hueco también aquí para suavizar la muerte.
- Verónica Durán González -