7 may. 2013

mezcaloteca y Juan Castaño

hay momentos en los que no puedes volver atrás; este es uno de ellos.
bebo mezcal y escribo,
el mezcal es de los pocos licores que soporto,
me gusta porque sabe a tierra y raíz,
no como el tequila,
ese falso boceto de amargura que sabe a raquitismo
el raquitismo es más frecuente en los niños alimentados artificialmente
que en los alimentados a pecho. algo parecido sucede con el tequila.
en cambio el mezcal escribe en tu interior,
es un fuego que se respira del infierno,
te dilata las arterias como el vientre de un pez muerto
trota en tu cerebro
hasta que resulta imposible dar una descripción en profundidad
de lo que pretendes contar o escribir.
así que ya sabéis poetas, no hay que leer más y escribir menos,
hay que beber mezcal. esta es la certeza.
el caso es que hace unos días
charlaba con Juan Castaño
sobre cuantos dedos caben dentro de una oreja
y fue entonces
-en mitad de un sufrimiento personal-
cuando me preguntó qué era para mí la poesía.
le dije -más hombre que bestia-
que la poesía es un imán de emociones
que te conduce a la imaginación y a la reflexión.
menuda gilipollez¡
se lo dije igual que un indeseable,
un pazgüato de enciclopedia enrollada,
un profesor de solar sacudido por el vendaval de la torpeza
en realidad quería decir
que la poesía te tiene que robar hasta el nombre,
luego,
si resulta que el poema es horrible tampoco importa mucho
y menos importa si tampoco aspira a la jodida reflexión
o al puto delirio del reconocimiento.
el poema es la única arma que disponemos para defender la esperanza
es sombra que de aquelarre,
un anciano de párpados vivos,
un niño en edad de destruirse,
un esfuerzo inútil,
la escisión entre lo despierto y lo dormido.
todo lo que escribe un hombre
y no cabe en su interior,
en un folio dejado por la mano de Dios
un folio creado a imagen y semejanza de los poetas.
eso quería decirle.