3 mar. 2013

los escalones de la miseria

podemos ensayar el desentierro de nuestro tiempo
y que nos persiga el poema hasta asesinarnos a pedradas
a fin de cuentas somos él,
y él
es más nuestro que el desprecio.

recorreríamos así todos los espacios incrustados del cerebro:
las balas de la niebla y la distancia,
el puñal  furioso de largo recorrido,
las noches donde alimentar los horrores
sitiados entre amargos aullidos proferidos al vacío.

todos los escritores verdaderos se muestran unánimes ante este hecho:
el poema debe matarnos,
o tal vez no,
pero sabemos que en medio de nuestras desgracias
siempre habrá besos de sardinas y playas donde encender la noche,
fogatas que aún arden sobre las rocas
mientras nuestros ojos se estrellan contra los escollos
sin que nadie vea pasar nuestro dolor
sin socorro alguno,
sin salvavidas que nos lleve hasta la orilla.

sucumbir a lomos del recuerdo
horriblemente maltratados por el salitre y la amargura,
hasta arriba de opio,
como un orgasmo veleidoso.

en medio de nuestras grandezas
-o de nuestros desesperos-,
siempre habrá recuerdos tristes,
o recuerdos bellos,
escalones de miseria que nos conduzcan a costas desiertas,
costas que muerden el labio
y después el pecho.

algunos pesan como yugo en el cuello de los bueyes,
otros resplandecen con la furia de un cielo abierto,
fresco,
extraordinariamente vivo y corpulento.

y nos acodamos tras el ventanal de nuestras sienes
para verlos pasar y recogerlos,
refrescarlos,
devolverlos a la vida,
bañarlos en sudor frío
mientras nuestros ojos se desbordan entre espinos.

sí,
podemos detener el tiempo,
en un poema,
o en un silencio,
o en una triste ola de sangre donde nazca el sol
y el viento nos sople favorable.

parece cosa de dioses
pero nosotros no somos dioses,
somos muchísimo menos que eso,
somos bestias
bestias que no son nada.

sólo los hombres crean dioses
y les dan caza.