2 ago. 2012

la colada de tu prenda orgánica


permíteme que me desnude un momento,
que airee esta carne roja de instinto salvaje
-sin taparrabos-
manchada por la noche y los excesos de la sangre.

centrifugo mis peores pesadillas y el lodo de esta última brecha,
vomitando en mis entrañas las autopsias del recuerdo,
ciertamente no es nada sano,
pero tampoco es bueno que un hombre ande por ahí excesivamente limpio.

igual que el jirón que se oculta al final del armario
inexplicablemente te encuentro
y te atrapo de una esquina a golpes de polvo y marea,
al fin y al cabo
continúas siendo poéticamente importante
y aunque me caiga de bruces
pienso en cada una de las sustancias de tu cuerpo,
intempestivamente,
con el ímpetu y la fuerza de un químico inexperto,
entregado al placer del experimento afilado,
mezclando elementos de vicio en la cubeta del sexo.

antes de decidir,
–niña cruel-
si aún debo tratarte como ropa de color
o íntegramente de blanco enfermizo,
debes saber
-y dirás que no es novedad y con razón -
que a día de hoy continúo perdiendo.

durante todo este tiempo de humedad y secado
he perdido la salud de mis certezas y cada una de mis pocas vergüenzas,
los nervios de quien empala el placer de enfrentarse a este mundo
el respeto al ejército de aullidos que destruyen mi futuro.

trato de digerir ferozmente la carne cruda de los venados,
la prehistoria de mis tejanos gastados por el fracaso,
el vértigo final de un niño enfurecido,
las piezas que no encajan con nada,
la carcoma de las ruedas sin eje.

me saco las entrañas del revés para eliminar de una puta vez
cada mancha de lejía y de odio de tus ojos
desconozco si será suficiente un aclarado de 40º
o precise de un carga intensiva con repaso final de estropajo.

fumo mientras observo girar el tambor,
si esta maquinaria ruín pudiera hablar
sin duda alguna me escupiría toda la ropa a la cara,
antes de que lo haga
vacío la respiración y la colada de tu prenda orgánica.

al fin te encuentro,
estás ahí,
hundida y empapada en altivez,
verdaderamente lógica y cargada de mañanas,
te agarro tan energicamente
que las arrugas se tornan recortes doloridos
y me aliso a tu tela por esa costura
justo por donde los dos formábamos una prenda íntegra,
zurciendo cada una de tus penas y miserias,
protegiendo el remache de tus besos,
cuidando del aroma de tu cuerpo,
pues son dignos de ser mantenidos,
aunque nos tiemblen los ojos,
aunque nos duelan.

qué podría decirte a estas alturas:
el sol escasea en mi casa
y en las tiendas de moda no venden ropa tarada.

soy la mancha en el pecho de tu blusa gastada
y sólo pienso en lavarte a mano.