31 ago. 2012

tres poemas de Javier Velaza

El perro

Ella lloró: el amor viejo perro de lanas que nos fue fiel compañía,
amaneció hoy enfermo. Ya no se tiene en pie
y ladra de dolor bajo los álamos.

Tenemos que matarlo, él dijo, no es decente
que sufra la agonía que le espera,
son demasiados años para un final tan cruel.

Aquella noche el perro
se arrastró como pudo a la autopista.



El regresado

Hay puertas que no se abren
hacia atrás.

Soy yo, he regresado, mintió.

Ella siguió llorando.

Esa mañana
iría a poner flores a su tumba.



Elegía triunfal

En el día de hoy, la guerra ha terminado
como todos los días.

Nadie pregunta cómo
cuál fuera el desenlace de las cruentas batallas
libradas casa a casa
cuerpo a cuerpo.
Nadie viene a leer con un ojo de angustia
y otro de rabia el parte de bajas; nadie aguarda
la crónica oficial que explicará por qué
hoy perdimos de nuevo,
ni preguntará quién era el enemigo que esta vez nos pudo,
ni cuáles sus propósitos, ni cómo su estrategia,
ni qué mapa quedó para seguir mañana.

Nada importa,
porque hemos aprendido
que la derrota tiene mil caras sin reverso,
que nunca hay vencedores,
que con el alba próxima
tendremos que salir al campo a ser deshechos
un día más
igual que cada noche.

Todos perdemos siempre.
Perdemos de antemano,
no nos dejan siquiera
la ocasión de ser Pirro, de ser Cesar, o nada,
ni nos tiene clemencia.

No hay cuartel.

Sin embargo,
pudiera ser que aún no esté todo perdido.
Habría que conjurarse, acudir a la plaza
y allí
-justo en el centro-
erigir majestuoso
el Arco del Fracaso.

Habría que portar la Niké sin cabeza, ceñir todas las sienes
con ramas de ciprés
y levantar dos dedos
que dibujen al aire la uve de vencidos.
Y recorrer así una a una las calles
de la ciudad rendida, entonando himnos
tristes.

Sí.

Habrá que celebrar esa derrota,
-la única victoria que tendremos-.